LA FIEBRE DE LA ZARIGUEYA (TOMADO DEL LIBRO: SOBRENATURAL: LA VIDA DE WILLIAM BRANHAM) TOMO 5 EL MAESTRO RECHAZADO. POR OWEN JORGENSEN

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“…AUNQUE William Branham estaba tomando un descanso de verano de su ocupado programa evangelístico, su tiempo en casa era todo menos tranquilo. Gente de fuera de la ciudad pasaba por su casa a todas horas, deseando oración. Por cuanto él veía visiones, mucha gente lo consideraba un profeta y creían que si podían sentarse en su sala de estar y platicar con él de sus problemas, Dios le daría a Su profeta un “Así dice el Señor” específicamente para ellos. Ellos tenían razón; pero en su ansia de oír un mensaje de parte de Dios, no comprendían la tensión que estas entrevistas ejercían en el mensajero. La mayoría de las personas en su propia congregación sí entendían, y para aligerar su carga, algunos de ellos trataban de ayudar a su pastor cada vez que podían. Un día en Julio, Banks Wood, quien vivía al lado, cortó el césped de Bill. Temprano a la mañana siguiente Banks y su esposa atravesaron los límites de su propiedad para rastrillar los recortes del césped en el patio de Bill antes que el sol se pusiera demasiado caliente. Como a las diez Bill salió a agradecerle a sus vecinos. Mientras platicaban, Leo Mercer y Gene Goad llegaron. Bill se refería en broma a Leo y Gene como sus “estudiantes.” Al igual que Banks Wood y Willard Collins, Leo y Gene se habían mudado a Jeffersonville para estar cerca de William Branham y su ministerio. Cuando Bill viajaba, Leo, Gene y Banks a menudo lo acompañaban para grabar en cinta sus cultos. Luego duplicaban estas grabaciones y las proporcionaban a costo mínimo al número creciente de personas que deseaban copias. Leo, Gene, y la Sra. Wood estaban en el patio y platicaban con Bill. Pronto Banks dejó a un lado el azadón y se les unió. La conversación se desvió a un homicidio local que ocurrió unos cuantos días más antes. Una mujer joven había asfixiado a su bebé recién nacido en una cobija, ató el bulto con alambre, y dejó caer el bebe muerto de un puente hacia el río Ohio. Bill usó esta tragedia para ilustrar la decadencia en los valores morales que él estaba viendo mientras viajaba a través de América del Norte. Año con año eso parecía estar empeorándose más. Desafortunadamente esta decadencia moral también estaba entrando silenciosamente en las iglesias. Este deslizamiento hacia atrás era especialmente notorio entre las mujeres. Asombraba a Bill cuántas mujeres Cristianas estaban renunciando a su herencia femenina y adoptando rasgos masculinos, como cortándose el cabello, usando pantalones, y aún predicando el Evangelio desde el púlpito—todo en contradicción a la Palabra de Dios.213 Cada año más mujeres Cristianas se estaban inclinando en la dirección equivocada. Ellas estaban copiando los estilos vulgares del mundo, tratando de mirarse atrayentes al pintarse los rostros con maquillaje y usando ropa indecente, como vestidos ceñidos y muy cortos o pantaloncitos cortos, e incluso trajes de baño los cuales realmente no eran más que ropa interior con color. Este cambio en los valores afectaba también a los niños. En vez de que las madres enseñaran a sus hijos la piedad y la decencia, les estaban enseñando la impiedad y la indecencia por medio de sus ejemplos. Lo peor de todo, muchos Cristianos no sabían que estas cosas ofendían al
Espíritu Santo. Hasta recientemente él no había dicho mucho respecto a estas cosas en sus sermones, sintiendo que era el deber de los pastores corregir a sus congregaciones. Pero demasiados pastores no estaban predicando en contra de la mundanalidad y la carnalidad. Bill sentía que alguien tenía que hacerlo. Si los pastores no predicaban en contra de eso, entonces él lo haría. La gente necesitaba saber la diferencia entre lo bueno y lo malo. Los valores morales de la iglesia
debían ser levantados si los Cristianos deseaban ser la Novia de Jesucristo. Mientras él hablaba, Bill se fijó que una zarigüeya dio la vuelta en su entrada y se contoneaba por la entrada de autos de grava hacia su casa. Eso era raro. Aunque las zarigüeyas son comunes en el sur de Indiana, ellas rondaban de noche y nunca viajaban durante el día al menos que algo las perturbara. De día ellas están prácticamente ciegas. Así que ¿por qué estaba esta aquí? Las zarigüeyas generalmente huyen de la gente. ¿Podría esta tener rabia? Él la estudió cuidadosamente. Desde una distancia parecía normal. Un poquito más grande que un gato, ella tenía pelaje áspero grisáceo blanco cubriendo su cuerpo, pelaje blanco fino en su cara, un hocico alargado, orejas pequeñas sin pelo, y un rabo sin pelo parecido al de la rata. A medida que se acercaba más, Bill se fijó que ella estaba
cojeando, arrastrando una pata delantera. Bill se acercó para mirar más de cerca. El animal no se detuvo ante su acercamiento, pero ella estaba cojeando tan lentamente que Bill podía estudiarla fácilmente. Una herida terrible desfiguró el costado que había visto desde una distancia. Tal vez un automóvil la había golpeado, o tal vez un perro la había mordido. Cualquier cosa que sucedió, su espaldilla estaba destrozada y sangrante de una herida que se extendía hasta su oreja. La pierna probablemente estaba fracturada. Moscas verdes zumbaban alrededor de la herida abierta y gusanos se arrastraban en la carne herida. Usando el mango de un rastrillo, Bill volcó a la zarigüeya sobre su costado a fin de poder ver la magnitud de sus heridas. Normalmente en semejante condición, una zarigüeya caería desmayada y se haría la muerta; pero esta le gruñía y mordía el mango del rastrillo. Allí es cuando Bill vio que ella era una madre tratando de proteger a sus crías. Una zarigüeya, al igual que un canguro, lleva a sus crías en una bolsa a través de su estómago. Esta madre estaba tan débil que los músculos de su estómago no podían mantener cerrada su bolsa. Bill contó ocho crías pequeñitas retorciéndose dentro de la bolsa de ella. “Gene, Leo, vengan aquí y les enseñaré una lección. Vean a esta madre zarigüeya. Ella pudiera ser un animal mudo, pero en mi pensamiento ella es una real dama. Ella tiene más maternidad en ella que una gran cantidad de las mujeres de hoy en día, especialmente aquella que arrojó a su bebé en el río el otro día. Aquella mujer consideraba a su bebé una carga, y lo mató de modo que pudiese andar correteando a las cantinas y pasándosela bien. Ahora consideren a esta madre zarigüeya. A ella le quedan probablemente unas cuantas horas para vivir, y sin embargo ella ha agotado lo último de su fuerza luchando para proteger a sus crías.” Tan pronto como Bill dejó de presionar en el mango del rastrillo, la madre zarigüeya se levantó con dificultad y cojeó el resto del
camino hacia la casa de Bill, donde se desplomó junto a los escalones del porche.
La Sra. Wood dijo, “Hermano Branham, Ud. debería matarla y sacarla de su miseria. Ud. tendrá que matar también a esas crías. Ellas están tan pequeñitas, Ud. mismo no podrá alimentarlas.” Bill meneó la cabeza. “Hermana Wood, no puedo hacerlo.”
“¿Por qué?” preguntó ella. “Ud. es un cazador. Ud. ha matado una gran cantidad de piezas de caza.” “Sí, soy un cazador, pero sólo mato cosas que me puedo comer o de otro modo usarlo. O algunas ocasiones yo he matado animales que estaban destruyendo a otros animales. Nunca mato tan sólo por estar matando.” “Esta no sería una matanza inútil. Esa zarigüeya se va a morir a fin de cuentas, y entonces todas esas crías se morirán de hambre. El matarlos es lo humano que hay que hacer.” “Sé que tiene razón, Hermana Wood, pero por alguna razón no puedo resignarme a hacerlo.”
“Entonces deje que Banks los saque y los mate.” “No,” dijo Bill, “Tan sólo vamos a dejarlos allí donde están por ahora.” Todo el día aquella madre zarigüeya estuvo tirada junto al porche, cociéndose en el sol de Julio. Todos los que vinieron para entrevistas y para oración se fijaron en ella y le preguntaron respecto a ella. Varias veces durante el día Bill le picaba con una vara para ver si seguía viva. Cada vez ella gruñía, pero fuera de eso no hacía ningún esfuerzo por moverse, ni siquiera cuando Bill puso algo de alimento y agua a su lado. Una vez él derramó agua sobre su herida para ahuyentar las moscas, pero ellas regresaban en enjambre.
Aquella noche Banks Wood tocó a su puerta y dijo, “Hermano Branham, Ud. ha ministrado suficiente el día de hoy. ¿Por qué no me permite llevarlo de paseo de modo que pueda relajarse un poco?” Bill aceptó encantado. Ellos se pasaron las siguientes pocas horas manejando alrededor del campo, admirando los bosques y los maizales, granjas y graneros, todo el tiempo hablando de la bondad de Dios. Cuando Bill regresó a casa a las 11 en punto, él instigó a la zarigüeya para ver si
ya estaba muerta. Ella gruñía lastimosamente y temblaba. Aquel gemido lo rondó toda la noche. Durante horas él iba y venía por el piso pensando en ella. Más tarde aquel gemido incluso se coló dentro de sus sueños. Temprano a la mañana siguiente él salió a su porche de enfrente para dar un leve empujón con su pie a la zarigüeya una vez más. En esta ocasión su pierna trasera tuvo una contracción nerviosa, pero fuera de eso no se movió. Ni siquiera abrió los ojos. Bill sabía que no pasaría mucho tiempo ahora para que estuviera muerta. Se volvió a meter a su casa y se sentó en su estudio. Frotándose el rostro, pensó, “De una u otra manera voy a tener que hacer algo con esa zarigüeya hoy. ¿Qué debería hacer?” De la nada, una voz le dijo, “Ayer tú la llamaste una dama y la usaste para un sermón. La alabaste por ser una verdadera madre.” “Sí, así es,” contestó Bill. “¿Qué de eso?” “Ella ha estado echada en tu entrada como una dama, esperando pacientemente su turno para oración.”
“Pues, yo no lo sabía. Yo—” Bill se puso de pie rígidamente. Su vista miraba alrededor de la habitación mientras se preguntaba, “¿Qué está pasando? ¿Con quién estoy hablando? Yo le estaba contestando a alguien.” Él oyó decir a una voz claramente, “Yo la envié a tu casa para oración. Ahora ella ha estado echada junto a tu puerta casi 24 horas y todavía no has orado por ella.” Inclinando su rostro, Bill oró, “Amado Dios, ¿fuiste Tú enviándola conmigo? Perdona a Tu siervo tonto por no entender.” Ahora él podía verlo claramente. La zarigüeya sólo pudo haber venido de aquella mancha de bosques como a 150 yardas [137 metros] calle arriba. Para poder llegar a la casa de él, ella primero tuvo que arrastrase más allá de otras cuatro casas, todas más cercanas al camino que la de él, todas sin cerco. El suyo era el único patio a lo largo de esta cuadra que tenía un cerco, no obstante ella había cojeado por su entrada de autos, rehusando detenerse hasta que llegara a su puerta. Dios debía haber estado guiándola. Saliendo a grandes pasos, él se paró junto a la madre zarigüeya, alzó sus manos en el aire, y oró, “Padre Celestial, sé que Tú guías a Tus hijos para que se ore por ellos cuando están enfermos. También
sé que incluso cuidas de los gorriones.214 Si Tu Espíritu Santo ha guiado a esta animal mudo aquí para que se ore por él, perdóname por ser demasiado tonto para saberlo. Te ruego, Padre Celestial, en el nombre de Jesús, sana a esta madre valerosa.” Tan pronto como él mencionó Jesús, aquella madre zarigüeya levantó su cabeza y miró a Bill a los ojos. Un minuto después ella dio una vuelta, recogió a sus crías y los metió de vuelta en su bolsa. Luego se puso sobre sus pies y dio unos cuantos pasos tambaleantes. Con cada paso ella parecía fortalecerse más mientras corría a través de la entrada de autos sin mostrar la más leve pizca de cojera. Cuando llegó a la entrada, se detuvo junto a una de las columnas en forma de águila y miró hacia atrás a Bill, como para decir, “Gracias, amable señor.” Luego dobló a la izquierda y corrió calle arriba, dirigiéndose hacia la seguridad de los bosques. Relatando esta historia después, Bill dijo, “Si Dios está lo suficientemente interesado para compadecerse de una zarigüeya ignorante, piensen en cuánto más Él se interesa en Sus hijos e hijas que están en necesidad. El poder de Satanás es limitado. El poder de Dios es ilimitado.”…”

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